La senadora Patricia Bullrich volvió a dar una muestra alarmante de liviandad discursiva al defender la reforma laboral que impulsa el Gobierno con una comparación tan forzada como absurda: equiparó la eliminación de derechos históricos de los trabajadores con la evolución del teléfono celular.
En una publicación en redes sociales, Bullrich apeló a un ejemplo que roza lo ridículo. Mostró una imagen de Martin Cooper, creador del primer celular en 1973, y lo contrastó con un smartphone actual para concluir que, así como la tecnología avanzó, la legislación laboral “quedó en 1974” y debe ser “modernizada”.
La comparación no solo es una incongruencia conceptual, sino también una señal preocupante de irresponsabilidad política. Los derechos laborales no son un aparato descartable ni una tecnología obsoleta que se reemplaza por una versión más liviana y eficiente. Son conquistas históricas obtenidas tras décadas de lucha, organización y conflictos sociales, pensadas justamente para proteger a los trabajadores de los abusos del poder económico.
Reducir ese entramado de derechos a una metáfora de gadgets revela una mirada superficial y peligrosamente funcional a un proyecto que busca flexibilizar, recortar y debilitar las garantías laborales bajo el disfraz de la “modernización”. Como si jornadas dignas, indemnizaciones o negociación colectiva fueran equivalentes al tamaño de una batería o a la velocidad de carga de un iPhone.
Bullrich sostiene que “el mundo cambió”, pero omite deliberadamente señalar que lo que no cambió —y sigue siendo necesario— es la desigualdad estructural entre empleadores y trabajadores. Precisamente por eso existen las leyes laborales: no para frenar el progreso, sino para evitar que el “avance” se traduzca en precarización, pérdida de derechos y mayor concentración de poder.
En lugar de un argumento serio sobre productividad, empleo o desarrollo, la senadora eligió una comparación banal que banaliza también el impacto real de la reforma que se debatirá en el Senado. Defender un proyecto que elimina derechos con memes tecnológicos no es modernidad: es frivolidad política y desprecio por la historia del movimiento obrero.
Mientras el Congreso se prepara para discutir una reforma que afectará la vida de millones de trabajadores y trabajadoras, Bullrich opta por explicarla como si se tratara de cambiar de modelo de celular. Una metáfora tan pobre como el debate que intenta esconder.

