Investigadores de Estados Unidos identificaron que la privación crónica del sueño no solo afecta el bienestar general, sino que también puede favorecer la progresión del cáncer, alterar el ritmo biológico y disminuir la eficacia de ciertos tratamientos oncológicos.
El estudio, presentado en la Reunión Anual de la Asociación Estadounidense para la Investigación del Cáncer 2026 en San Diego, revela que dormir mal impacta directamente en la microbiota intestinal y en el sistema inmunitario, dos componentes clave en la evolución de la enfermedad.
Según los científicos, la falta de sueño genera cambios en los microorganismos del intestino que terminan debilitando la respuesta del organismo frente a tumores. Además, se observaron alteraciones en los genes que regulan el ritmo circadiano, el reloj interno que ordena funciones esenciales del cuerpo.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo trabajó con modelos de ratón. Los animales privados de sueño no solo mostraron un crecimiento tumoral mayor, sino también una menor respuesta a la quimioterapia, especialmente al fármaco 5-fluorouracilo (5-FU), uno de los más utilizados en cáncer colorrectal. También se detectó una reducción en las células inmunitarias encargadas de combatir el tumor.
En un experimento clave, los investigadores trasplantaron microbiota de ratones con falta de sueño a otros sanos, lo que reprodujo efectos negativos en el desarrollo del cáncer y en la respuesta al tratamiento, confirmando el papel central del intestino en este proceso.
Los especialistas destacan que el descanso suele ser un aspecto subestimado en pacientes oncológicos, a pesar de su impacto potencial en la evolución de la enfermedad. En este sentido, subrayan la necesidad de abordar la salud de manera integral, incluyendo hábitos de sueño y alimentación.
Como próximo paso, el equipo busca identificar el mecanismo preciso y las moléculas responsables de estos efectos, además de impulsar estudios en humanos que permitan analizar cómo los patrones de sueño influyen en la microbiota a lo largo del tiempo.
Los investigadores remarcan que la microbiota intestinal es modificable, lo que abre la puerta a intervenciones basadas en cambios en el estilo de vida para mejorar los resultados clínicos.

