La disminución en las tasas de vacunación entre niños y adolescentes genera creciente preocupación en el ámbito sanitario, ya que incrementa el riesgo de brotes de enfermedades prevenibles como el sarampión, la tos ferina y la poliomielitis.
Especialistas advierten que la baja cobertura no solo puede traducirse en un aumento de casos, internaciones y complicaciones, sino que también debilita la llamada inmunidad colectiva. Este mecanismo de protección indirecta resulta clave para resguardar a quienes no pueden vacunarse, como bebés o personas con sistemas inmunológicos comprometidos.
Durante las últimas décadas, la vacunación ha sido una de las herramientas más efectivas en salud pública, con un impacto significativo en la reducción de enfermedades graves y mortales. Sin embargo, en los últimos años se observa un retroceso que enciende señales de alerta.
Entre los principales desafíos actuales se destacan la desinformación y la circulación de mitos. La evidencia científica sostiene que las vacunas son seguras y eficaces, tras haber superado rigurosos procesos de evaluación. También se remarca que la aplicación simultánea de varias dosis no representa un riesgo para el sistema inmunológico, sino que permite completar los esquemas en tiempo y forma.
Asimismo, la vacunación en grupos específicos, como personas gestantes, cumple un rol fundamental para proteger tanto a la madre como al bebé. En el caso de la gripe, por ejemplo, la inmunización contribuye a reducir el impacto de una enfermedad que provoca cientos de miles de muertes cada año a nivel global.
Un informe reciente elaborado por especialistas y organizaciones del sector analizó la situación actual de la inmunización en el país y concluyó que las coberturas se encuentran por debajo del nivel necesario —estimado en un 95%— para garantizar una protección comunitaria adecuada. Esta tendencia descendente se registra desde 2018 y afecta a distintas franjas etarias.
Entre 2022 y 2024, alrededor de 1,7 millones de niños no recibieron todas las vacunas correspondientes a su edad. La situación es especialmente crítica en los refuerzos de la segunda infancia y la adolescencia.
Datos recientes muestran que la cobertura del refuerzo de la vacuna triple viral en niños de 5 años cayó a menos del 50%, cuando años atrás superaba ampliamente el 90%. Un comportamiento similar se observa en la vacuna contra la poliomielitis. En adolescentes, la inmunización contra el Virus del Papiloma Humano (VPH), clave en la prevención de diversos tipos de cáncer, también registra niveles considerablemente inferiores a los de períodos anteriores.
La problemática no se limita a la población infantil. Adultos y personas mayores tampoco acceden en todos los casos a las vacunas recomendadas, en parte debido a dificultades en la organización del sistema de salud.
Si bien los niveles de confianza en las vacunas siguen siendo relativamente altos, el principal obstáculo radica en una reticencia creciente, vinculada a múltiples factores. Entre ellos, se destacan la difusión de información errónea en redes sociales, la falta de recomendaciones activas por parte de equipos de salud y diversas barreras de acceso, como horarios limitados en centros de vacunación o dificultades laborales para asistir.
A esto se suma una menor percepción del riesgo: el éxito histórico de las campañas de vacunación redujo la circulación de muchas enfermedades, lo que llevó a subestimar su peligrosidad.
Frente a este escenario, especialistas coinciden en que resulta fundamental recuperar la confianza social en las vacunas, mejorar el acceso y reforzar las estrategias de información. Subrayan que la inmunización no solo protege a nivel individual, sino que constituye una responsabilidad colectiva clave para evitar el resurgimiento de enfermedades que ya se habían logrado controlar.

