Hurlingham

Cuando la FIFA mancha la pelota

De la mano de João Havelange y Joseph Blatter, el fútbol pasó de ser una pasión de reglas claras a una maquinaria de poder que privatiza ganancias siderales y nacionaliza deudas eternas. El rastro de corrupción que une los negocios de la dictadura argentina con la tragedia de los obreros en Qatar y el nuevo festín corporativo de 2026.

Por Rubén Magliotti

Lanzan billetes a Blatter en una conferencia de la FIFA

En mayo del año 2015, en la ciudad de Zúrich, los directivos de la FIFA salen de un hotel de cinco estrellas cubiertos con sábanas para ocultar sus esposas,  este hecho marcó el fin de una era de impunidad, pero no necesariamente el fin del modelo de negocios.

Lo que el FBI y la justicia suiza destaparon en aquel “FIFA Gate” no fue una anomalía, sino el perfeccionamiento de un sistema diseñado para convertir el sentimiento popular en una “máquina de dineroalimentada por sobornos millonarios y redes de lealtades compradas.

El pecado original: De las reglas al mercado

El fútbol no siempre fue este monstruo financiero. A principios del siglo XX, la FIFA era un grupo de voluntarios preocupados por unificar reglamentos y sostenerse con cuotas modestas. La ruptura se produjo en 1974, cuando el brasileño João Havelange, aliado con Horst Dassler (heredero de Adidas), desplazó a Sir Stanley Rous, él creía que el dinero corrompería el juego; Havelange y Dassler, en cambio, vieron una “mina de oro sin explotar”.

Bajo este nuevo mando, la FIFA dejó de ser una asociación deportiva para transformarse en un broker de derechos de imagen y televisión. El esquema era sencillo pero implacable: las marcas (Coca-Cola, Adidas) pagaban por exclusividad, y ese dinero se usaba para “aceitar” las voluntades de las federaciones de África, Asia y América Latina, garantizando que Havelange —y luego Blatter— se mantuvieran en el poder durante décadas.

Argentina ’78 y el “lavado deportivo”

La historia de los mundiales está teñida por el uso político del deporte. En 1978, la FIFA ignoró las denuncias internacionales sobre las violaciones a los derechos humanos en Argentina. Havelange negoció directamente con la junta militar, que utilizó el torneo para intentar “limpiar” su imagen ante el mundo mientras se cometían crímenes de lesa humanidad. Fue el primer gran ejemplo de lavado deportivo: el fútbol como anestesia social y legitimación política.

Mientras la dictadura gastaba 500 millones de dólares para modernizar estadios y lavar su fachada, el país quedaba con una deuda que tardaría décadas en pagar. Este patrón se repitió en México 1986, que tuvo que organizar un mundial tras un terremoto devastador, priorizando las transmisiones televisivas sobre la reconstrucción hospitalaria y en Brasil 2014, que  dejó “elefantes blancos” —estadios lujosos hoy vacíos— mientras la gente exigía “hospitales con calidad FIFA”.

Qatar y la muerte en el desierto

El cinismo alcanzó su cénit con la elección de Qatar 2022. En una votación viciada por presiones geopolíticas y acuerdos por aviones de guerra, la lógica del mercado se impuso a la del clima y los derechos básicos. El costo humano fue atroz: miles de trabajadores extranjeros murieron bajo el sistema “Kafala” —denunciado como esclavitud moderna— construyendo estadios bajo temperaturas inhumanas.

El sistema kafala (habitualmente deletreado con “k”) es un modelo de patrocinio laboral utilizado para monitorear y controlar a los trabajadores migrantes en varios países de Oriente Próximo. Este sistema exige que todo trabajador extranjero no cualificado cuente con un patrocinador local (conocido como kafeel), quien suele ser su empleador y se responsabiliza legalmente de su visado y permiso de residencia

La FIFA, sin embargo, cerró el ciclo con una fortuna récord de 7.000 millones de dólares*, mientras el país anfitrión apenas recuperó una fracción de su inversión.

El banquete en el mundial 2026

Hoy, bajo la gestión de **Gianni Infantino**, la FIFA se presenta como una entidad “limpia”, pero los mecanismos de extracción de riqueza siguen intactos. El mundial que culminó hace una semana en Estados Unidos arrojó un estimado de 11.000 millones de dólares de ganancias

Trump e Infantino en el último mundial

La jugada es maestra: los países (México, Canadá y EE. UU.) pagaron la infraestructura, la seguridad y los servicios, mientras que la FIFA se queda con la venta de entradas, los derechos de TV y hasta las comisiones por reventa oficial.

En este mundial la FIFA autorizó la reventa a precio de “mercado”, cuando anteriormente sólo lo permitía manteniendo su precio inicial. Así, cuatro entradas consecutivas en la bandeja baja detrás del arco  se ofrecieron por la exorbitante cifra de USD 2.3 millones cada una.

Además, se imponen condiciones draconianas: los gobiernos deben firmar por escrito que las ganancias de la FIFA estarán libres de impuestos. Es el modelo de negocio perfecto para una asociación “sin fines de lucro”: los riesgos son públicos, pero los beneficios son estrictamente privados.

Como dijo alguna vez un presidente colombiano al renunciar a la sede del ’86: el país debe servir al fútbol, no el fútbol al país. Lamentablemente, en el tablero de la FIFA, la pelota siempre rueda hacia donde están los dólares.

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