En el tratamiento del cáncer, la nutrición suele considerarse un aspecto secundario, vinculado al bienestar general. Sin embargo, en los tumores de cabeza y cuello adquiere un rol central, ya que la propia enfermedad puede dificultar funciones básicas como masticar, tragar o incluso percibir los sabores.
Este tipo de cáncer, uno de los más frecuentes a nivel mundial, afecta con mayor incidencia a los hombres y se presenta principalmente en personas mayores de 50 años. En Argentina se registran alrededor de 3 mil nuevos casos anuales y las proyecciones indican un crecimiento sostenido en los próximos años.
A diferencia de otros tumores, su localización impacta directamente en la alimentación. Dolor al tragar, sensación de obstrucción, pérdida del apetito o alteraciones del gusto son algunos de los síntomas que limitan la ingesta. A esto se suman los efectos adversos de tratamientos como la cirugía, la radioterapia o la quimioterapia, que pueden provocar inflamación, sequedad bucal o lesiones en la mucosa.
Como consecuencia, estos pacientes presentan uno de los mayores riesgos de desnutrición dentro del ámbito oncológico. La falta de una adecuada ingesta no solo implica pérdida de peso, sino también disminución de la masa muscular, la fuerza y la capacidad funcional, factores que inciden directamente en la evolución clínica.
En este contexto, cobra relevancia la sarcopenia, una pérdida progresiva de masa y función muscular que puede aparecer incluso en personas con peso aparentemente normal. La evidencia indica que esta condición se asocia con más complicaciones, internaciones prolongadas y menor tolerancia a los tratamientos.
Otro desafío frecuente es la disfagia, es decir, la dificultad para tragar, que puede comprometer tanto la hidratación como la alimentación y aumentar el riesgo de complicaciones respiratorias.
Frente a este escenario, los especialistas insisten en la necesidad de incorporar la nutrición como parte de un abordaje integral. Lejos de limitarse a recomendaciones generales, se trata de una intervención terapéutica que debe iniciarse desde etapas tempranas, en conjunto con un equipo interdisciplinario que incluya oncólogos, cirujanos, fonoaudiólogos y psicólogos.
Detectar a tiempo las dificultades para alimentarse permite prevenir complicaciones, mejorar la tolerancia a los tratamientos y sostener la calidad de vida. En un contexto donde cada vez más personas conviven durante largos períodos con la enfermedad, la nutrición se consolida como un componente clave del cuidado oncológico.
Además, los especialistas recuerdan que factores como el consumo de tabaco y alcohol siguen siendo los principales riesgos asociados, aunque también crece la incidencia vinculada al virus del papiloma humano.
Integrar la alimentación al tratamiento no solo mejora los resultados clínicos, sino que también permite preservar aspectos esenciales de la vida cotidiana, como la autonomía y la posibilidad de compartir momentos alrededor de la comida.

